¿Cuestión de números?

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Ya casi son trece años desde que comencé a trabajar con personas migrantes y refugiadas, procedentes de diversos puntos de la geografía mundial.

En estos años he conocido a lo mejor de cada casa, a los más valientes, a quienes encarnan la esperanza de sus familias, a los que han resistido travesías a través de desiertos, zonas de conflicto o directamente zona de guerra, y por supuesto a aquellos que han estado dispuestos a echarse a la mar en precarias embarcaciones, a ocultarse en los bajos de un camión, a saltar una valla coronada con afiladas cuchillas o incluso a acceder nadando a las costas de Ceuta.

He conocido a hombres que han tenido que elegir entre salvar a su esposa o a su pequeño hijo en una noche atroz de naufragio.

He asistido al reencuentro en España, tras años  de separación forzosa, de una pareja a la que la represión brutal de un gobierno, corrupto por los intereses de multinacionales ávidas de Coltán, habían separado, encarcelado y torturado.

He conocido a mujeres fuertes capaces de enfrentar embarazadas las durísimas condiciones de un viaje gobernado, en su mayoría de estaciones, por grupos mafiosos, que para ellas son la única vía de acceso a la Europa de Cristiano y Lionel.

He conocido a mujeres víctimas de las redes de tráfico de seres humanos que han trabajado, en régimen de esclavitud durante años, para pagar su lento avance hacia el sueño europeo.

He conocido a mujeres y hombres que han debido abandonar sus países por amar a otras mujeres y a otros hombres.

He conocido a niños que huyeron de una epidemia y llegaron a nuestras costas cuatro años después, tras cruzar a pie medio continente africano.

He conocido a profesoras, arquitectos, albañiles, comerciantes, “emprendedores del año”, médicas, campesinos, policías, músicos, futbolistas profesionales, atletas, camarógrafos, economistas, pintoras, constructores de pozos, artesanas, taxistas, mecánicos, escritoras, estudiantes, cristianas, musulmanas, budistas, ortodoxas, agnósticas, ateas, apátridas… luchadoras y luchadores.

Hoy he leído una noticia que hacía referencia a las más de 6.000 personas fallecidas “oficialmente” en los últimos veinte años en el Estrecho de Gibraltar y de cómo el número se dispara hasta dieciocho mil, según las estimaciones de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía. Eso me lleva a pensar en las más de 1.300 víctimas fallecidas en el mediterráneo contabilizadas sólo en lo que va del año 2017. Mi mente se llena de números; de los 5.578 fallecidos “oficialmente” en el mediterráneo en 2016, de los 3.438 de 2015, de los 15 fallecidos en la playa del Tarajal, de los miles de deportados cada año en aviones rentados por nuestro gobierno y de los miles deportados  y abandonados en el desierto por las autoridades marroquíes. Acuden a mi cabeza más números: 17.337, el compromiso de acogida a solicitantes de asilo adquirido por nuestros gobernantes, 1.304 que es el número de los que finamente han venido. 1.2 millones de refugiados en campos de Jordania, 600.000 en campos de Líbano… los 65 millones de refugiados que existen en todo el mundo…

Cuando los números inundan mi cabeza vuelvo a pensar en los rostros de aquellas personas que he conocido a lo largo de estos últimos trece años de mi vida, pienso en ellos, en sus historias, en sus triunfos, en sus batallas cotidianas  y en las pendientes, aún por luchar. Recurro a ellos cada vez que los números retraen al abstracto la realidad de estos seres humanos que no quiero olvidar, porqué no quiero acostumbrarme a estos números, porqué no quiero que de tanto revisarlos y verlos en documentos, en la prensa escrita y en los telediarios, mi mente se acostumbre a ello y los reduzca a un todo uniforme y sin rostro. #ViasSegurasYa

Rodrigo Gómez Álvarez, responsable de ACCEM Cádiz.

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