Todos los niños suenan igual

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Por eso son tan difíciles de ignorar. El llanto de un niño es la alarma natural de la conciencia humana.

A veces desde mi puesto de trabajo escucho que han llegado niños a la ONG y desde la sala contigua, sin verlos,  ya puedo adivinar qué edad tienen. Las pistas: esa manera de decir ¡No! enérgicamente, o esas pedorretas continuas que suenan a barbilla llena de babas, o esa risa loca intercalada con gritos agudos incontrolables… suenan exactamente igual que mis hijos en momentos determinados de sus vidas: con cinco meses, con diez meses, con un año, con dos…

Todos hacen las mismas cosas y suenan al mismo dialecto primario. Pareciera que vienen los niños de una dimensión paralela con idioma universal, que va mutando con los años hasta perderse en la identidad adulta.

También se entienden entre ellos, ya vengan de un rincón u otro del mundo, cualquiera que sea su lengua materna. Les basta una sonrisa cómplice, un manotazo, un dedito que señala, una presencia sencilla y bajita que proyecta sin palabras: “Estoy aquí a tu lado”.

Son capaces además de reírse a bordo de una patera, ajenos a la muerte inminente. Porque les gobiernan otras leyes que no son de este mundo nuestro. La mirada de un niño desarma porque no rinde a nadie obediencia, ni tiene dobleces. Es tu vergüenza

Cuando un bebé llora, articula una mueca de dolor en su cara igual a todos los demás. Es el dolor en sí mismo que abre una rendija incómoda al mundo para decirnos hola. Corremos a detener ese llanto con todas nuestras torpes destrezas y, si el llanto está demasiado lejos, no existe porque no lo oímos. Sólo su madre se lo traga y lo digiere como brasas vivas en medio del mar turbio o de la tierra seca. Como el árbol del bosque que nadie oyó caer.

El llanto de un niño molesta porque es un disparo, una perturbación. Ignorar el dolor de un niño es como arrancarle las alas a una mariposa y dejarla en el suelo. Que puedes hacerlo pero te crece una mancha muy negra en el pecho que no se borra: la culpa.

Los niños son seres de fuerza extraordinaria capaces de dormir al raso, pasar hambre, pasar miedo y al rato jugar con una bola de papel, con una lata, con el cordón de un zapato que se ha convertido en serpiente.

“¿Me dibujas un cordero?” –dicen en silencio, con sus ojos, todos los niños del planeta. Y se ríen igual también. Son capaces además de reírse a bordo de una patera, ajenos a la muerte inminente. Porque les gobiernan otras leyes que no son de este mundo nuestro. La mirada de un niño desarma porque no rinde a nadie obediencia, ni tiene dobleces.

Es tu vergüenza.

La nuestra, por fallarles.

 

Yolanda Rosado. Periodista y autora. Responsable de comunicación de la ONG CEAin. Técnica coordinadora del proyecto Kay Pacha para la convivencia intercultural en Jerez, de Andalucía Acoge. Autora del trabajo de fotoperiodismo San Miguel Diverso.

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