Una amistad a prueba de cocaína

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Desde que Ramón le confesó a Miguel, pariente lejano y amigo, su adicción a la cocaína éste, a diferencia de otras personas de su entorno más cercano, le acompaña en su proceso de rehabilitación, es su ‘seguimiento’ dentro del programa Proyecto Joven: “No puedo vivir tranquilo pensando que dentro de cinco años le veo tirado en la calle por una sobredosis”.

“Empiezas con los porritos y pruebas otra droga, luego otra, vas subiendo peldaños”. Así fue. Subió solo esa escalera, un escalón, otro… hasta que cayó. Después de un día entero sin parar de meterse cocaína en el cuerpo, llegó a su casa y no se pudo levantar en 48 horas. “Entonces vi como una luz”, cuenta. Pero en lugar de alcanzar el cielo, Ramón, con 21 años, tocó fondo y ahí abajo, en ese agujero, únicamente estaban sus padres y Miguel, un pariente lejano, un amigo, su ‘seguimiento’ en el proceso de rehabilitación. Hoy le considera un hermano.

Se conocen de toda la vida, coincidían en fechas concretas, aunque estrecharon lazos durante la adolescencia a pesar de vivir en localidades distintas. Ramón pasó a convertirse en una persona muy importante para Miguel, cinco años mayor. “Me encanta su forma de ser, es muy abierto, conectamos”. Además, comparten el gusto por el flamenco, un mundo en el que el más joven se movía como pez en el agua y donde, según cuenta, la cocaína corre de mano en mano sin diques.

Ramón comenzó a consumir cocaína con 18 años. En el negocio familiar donde trabaja tenía acceso a dinero y confiesa que ha robado: “Puedes hacer cualquier cosa por la cocaína”. “Cerraba la discoteca y nos íbamos a un piso a meternos y a estar embobados mirando a la pared”. Su carácter cambió, se volvió introvertido y agresivo. Le llegó a molestar escuchar a otras personas.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, puede que esa fuese la razón por la que Miguel ni siquiera lo había imaginado. “Cuando me contó el problema de su adicción, para mí fue un palo. Había escuchado rumores, pero quien cree que si te muevas en un círculo en el que se consume, tú también lo haces. Lo hacía con tal sigilo que no me daba cuenta”.

Desde que supo de su adicción se preocupaba en todo momento de él, de ayudarle a acabar con su círculo, salían juntos para evitar que consumiera. Algo harto difícil. “Cuando salía sólo de casa burlaba mi control y volvía a consumir”. “Yo hacía pipí en una botella para no dar positivos en los test, hasta ese punto llegué”, recuerda.

De puertas para adentro, sus padres han sufrido un auténtico calvario. Era experto en idear premeditadamente planes, en pensar coartadas. “Maquinar, pensar constantemente qué voy a decir, cómo lo voy a hacer… quema mucho”, afirma Ramón.

Evitaba tomar sustancias delante de la chica con la que mantenía una relación, aunque tampoco se lo ocultaba. Ella no podía soportar más su adicción y le dejó. Reconoce que eso le afectó. Una semana más tarde, el 2 de marzo de 2017, cruzaba el umbral de Proyecto Joven en Jerez (Cádiz) por iniciativa propia tras esa noche de desfase absoluto.

Mientras otros familiares y amigos le dieron la espalda, consideraban que “ya estaba perdido”, Miguel entró en escena encarnando la figura de ‘seguimiento’. Nunca antes había oído hablar de esta figura ni de su importancia. En este centro con más de 20 años de experiencia le indicaron, entre otras cosas que no debía ceder a los chantajes emocionales. Le impactó el control férreo al que debía someter a Ramón para evitar las conductas de riesgo: no podía salir solo a la calle, dejó de trabajar, se despidió del móvil, de las redes sociales y del alcohol.

No es fácil ser ‘el seguimiento’, además de vigilar y acompañar a su amigo debe contar todo lo que ve y aquellas normas que quebranta. En los siete meses que lleva de terapia en este programa no ha consumido cocaína, pero sí ha incumplido algunas pautas. “Ha tenido malos comportamientos con sus padres por la ansiedad. Es muy duro. A veces te vienes abajo ¿Otra vez la misma película, Ramón?”.

Hay quien ha pretendido desmotivar a Miguel sin lograrlo. “No puedo vivir tranquilo pensando que dentro de cinco años le veo tirado en la calle por una sobredosis”. Ahora, asegura, está viendo los frutos y le pido por favor que no vuelva a tener ese hábito después de lo construido y destaca el papel fundamental de sus padres en su rehabilitación. “Es una pena porque hay gente que no han tenido una educación, estudios… pero él lo tiene todo, muchísimo que perder”.

Ramón escucha las palabras de Miguel. Algo retraído agradece que éste nunca le haya dado un ultimátum. Realista, insiste que este proceso lleva su tiempo. Ahora empieza realmente lo difícil, salir sin seguimiento y esquivar la tentación. Desde Proyecto Hombre resaltan que la persona que sufre una adicción es porque ciertos rasgos de su personalidad le llevan a ello. De ahí que en el programa enseñen a cada usuario a conocer sus señales de alarma para que no recaiga en ninguna adicción. “Tiene habilidades sociales, pero a lo mejor por dentro no se quiere. Ramón a veces no dice lo que piensa, lo que siente. Si recae es porque antes han fallado muchas cosas como la comunicación”, señala una de las técnicas que lo tratan.

En caso de recaer en un futuro, Miguel, le ayudaría “pero pediría que se separase de su familia porque no sólo se destruye a sí mismo”. A día de hoy, Ramón se valora más, es optimista y sabe que gran parte de este éxito se lo debe a que trabaja un equipo compuesto por psiquiatras, psicólogos, educadores sociales y trabajadores sociales, a sus padres y a la fortaleza y perseverancia de Miguel: “Le considero un hermano”.

Maria Luisa Parra

Maria Luisa Parra

Periodista. En twitter @MLPARRAGARCIA

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