Es enfermera y vive alejada de sus hijos desde que comenzó la pesadilla del Covid-19

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Sara Carrasco, enfermera en el Hospital de Jerez, es una de las muchas personas que trabajan en el ámbito sanitario durante la pandemia. Para evitar posibles contagios, no ve a sus dos hijos que viven con los abuelos desde el inicio del confinamiento. “La gente no sabe lo que estamos pasando”.

Fotografía: La enfermera, Sara Carrasco, con sus hijos, en una imagen previa a la crisis del coronavirus./ Cedida

Sara Carrasco, enfermera en el Hospital de Jerez, es una de las sanitarias que lleva desde el comienzo de la pandemia en primera línea del frente luchando contra el virus. Si ya de por sí la situación es complicada, para esta enfermera lo es aún más al volver a casa y no poder disfrutar de la compañía de sus hijos.  

Desde el primer día del confinamiento, decidió dejarlos en casa de los abuelos en San José del Valle, para no exponerlos al virus como lo está ella. En España, la tasa de sanitarios contagiados es la más alta del mundo. Los casos ascienden a casi 44.000, un 20% del total de los mismos.

La infancia es un vector de transmisión del virus y esta enfermera, residente en Jerez, no quiso poner en peligro a sus niños de 4 y 9 años. Ambos no entienden por qué llevan un mes y medio separados de sus padres. Para el pequeño, aún es más complicado sufrir este encierro al tener autismo.  

En España, la tasa de sanitarios contagiados es la más alta del mundo. Los casos ascienden a casi 44.000, un 20% del total de los mismos

En España, 1 de cada 150 bebés que nacen sufren Trastorno del Espectro Autista (TEA). Este se manifiesta de manera diferente en cada persona. Carrasco explica que su pequeño está manifestando el estrés del encierro mediante nuevos comportamientos: “Es cierto que cuando se frustraba al pelearse con su hermano, se ha llegado a morder”. Sin embargo, antes no presentaba la estereotipia de autolesionarse. Tampoco se ponía tan nervioso al hablar con sus padres como para ponerse a correr por toda la casa. 

Era de esperar que su hijo menor lo pasara realmente mal, pero lo que peor lleva es echarlos de menos. Al igual que los pequeños quieren volver a su hogar en Jerez, a sus padres se les hace duro no poder ver a sus hijos, ni saber cuándo podrán hacerlo. “A veces prefiero no hacer videollamada para no verlos así, porque lo paso mal”, explica desilusionada. 

Como cualquier niño, el pequeño ha tenido que hacer cambios en su rutina. Las horas que pasaba en el Centro de Atención Temprana y de Terapia Ocupacional han desaparecido. Desde estos centros, le mandan tareas para mantenerlo ocupado. Aunque, esta madre admite que no está en disposición de hacerlas, y tampoco pueden obligarlo a ello: “Él refleja lo que siente a través de berrinches y en el momento en el que se le obliga, es otra rabieta”. 

Los ángeles de la guarda de esta familia están siendo los padres de ella, al cargo de los niños: “Sé que los abuelos no me quieren contar mucho para no hacerme más daño. Se merecen un monumento por todo lo que están haciendo”. 

Afortunadamente, los niños con autismo tienen permitido salir a pasear desde que se decretó el estado de alarma. Su abuelo es el encargado de los paseos diarios del pequeño por el campo que tienen cerca de casa, durante los cuales aprovecha para liberar energía: “Es un crío muy nervioso y le sienta de maravilla correr al aire libre”. 

No me quiero ver en agosto sin poder disfrutar de mi familia, teniendo que estar en el hospital con una bata de plástico con la que es insoportable trabajar”

Su madre es consciente de que ambos están mejor en El Valle, donde se encuentran alejados del posible contacto con el virus. Aunque, saben que no los verán en una larga temporada. Ya han barajado todas las opciones para volver a tenerlos en su domicilio, sin ningún éxito. No pueden dejar de trabajar y se les hace muy difícil encontrar a alguien dispuesto a cuidar de los hijos de un miembro del personal sanitario. 

Comienzan a pesar más los días separados y teme que el confinamiento se pueda alargar por la irresponsabilidad de la sociedad. Han sido muchas las imágenes de personas reunidas sin protección alguna y sin mantener la distancia de seguridad. Ella atribuye esto a una falta de empatía: “La gente no sabe lo que estamos pasando muchas personas, tanto sanitarios como cualquiera que tenga que estar lejos de su familia por esta situación”. 

“No me quiero ver en agosto sin poder disfrutar de mi familia, teniendo que estar en el hospital con una bata de plástico con la que es insoportable trabajar”, aclara esta enfermera, que no podrá reunirse con sus hijos mientras no le pongamos cerco al virus.

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