La cultura de la violación y la revictimización de las mujeres

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Muchas veces me siento un poco como Mafalda, me encantaría que el mundo dejará de dar vueltas y bajarme lo mas rápido posible de él. Ya no sé si las náuseas se mezclan con la decepción o la tristeza con la rabia. El resultado de la sentencia al juicio de La Manada, ha sido demasiado para mí conciencia feminista.

Siento que a este país le queda mucho que aprender, que el trabajo de las cientos de mujeres luchadoras que salen a la calle día sí y día también reivindicando la protección de nuestros derechos, acaba de ser pisoteado sin piedad. Jamás imaginé que la cultura de la violación estuviera impregnando nuestro entorno de esta manera. Los logros conseguidos el pasado 8 de marzo habían sido un aliciente para seguir al frente de una lucha histórica por la igualdad real, pero todo ha sido un espejismo.

El resultado de este juicio mediatizado hasta la saciedad ha sido el peor de todos los esperados. Si los abogados de la víctima no reclama al Constitucional, los acusados pasarán sólo 9 años en la cárcel por un delito de abusos sexuales. Ni todas las pruebas presentadas, ni una sociedad en permanente cambio que reclama justicia, ni un sistema legislativo y judicial que aparentemente vela por mantener un estado en el que se protejan a las mujeres de cualquier tipo de violencia, han sido suficiente. De los cinco magistrados, tres no han visto intimidación como para considerar que los abusos pudieran ser más bien, violencia sexual.

Y si no fuera suficiente todo esto, ahora nos encontramos con una panda de sabios que quieren darnos a las feministas unas clases prácticas sobre rigurosidad científica y académica, poniendo en tela de juicio que exista realmente el concepto de cultura de la violación. ¿Un invento para posicionar al feminismo en la agenda política? ¿qué eso de la cultura de violación? ¿hay estudios serios sobre esta cuestión? Todas estas preguntas sin sentido, inundan hace días las redes sociales y los medios de comunicación. Un juego de provocación más al que tanto le gusta entrar a los ‘machichulos’ de los mass media, sobre todo cuando de desprestigiar al feminismo se trata. Muy aficionados a las cortinas de humo, hoy podríamos darles algunas nociones sobre cultura de la violación para que ahora sí, de forma seria, entren a valorar cuánto hay de ella en esta España democrática de la que nos jactamos.

Cuando hablamos de cultura de la violación, lo hacemos para describir una cultura en la cual la violación es un problema social y cultural. Es, además, aceptada y normalizada. Y para legitimar un hecho, tan poco justo precisamente con la mitad de la población que sufre la violación, introducimos matices a cual más perverso. Aquí es donde el grado de consentimiento, la intimidación o no, la resistencia física a la agresión…, adquieren más o menos protagonismo, según interese al patriarcado, para disfrazar de forma descarada violaciones sistemáticas.

Educar a las mujeres en estrategias y mecanismos para evitar agresiones sexuales se convierte en la solución al problema, pero eso de poner el foco en los agresores y educar a hombres respetuosos con los cuerpos de las mujeres, mejor lo dejamos para otra ocasión.

Y no tenemos que irnos exclusivamente al caso de La Manada, ejemplos tenemos para aburrir. No queremos cesar en nuestro empeño de ilustrar a nuestros ‘machichulos’, que todavía no tienen claro qué es eso de violar. Este juicio, por desgracia, no ha sido la excepción. Es la punta del iceberg, de una sociedad enferma que estamos legitimando desde los estratos de poder, desde el ámbito judicial, la clase política… todos se convierten en cómplices de un panorama en el que las mujeres volvemos a ser las víctimas.

Asociadas a este tipo de cultura tenemos una serie de conductas y factores sociales que  se repiten incesantemente: la culpabilización de la la víctima, la cosificación sexual, la trivalización de la violación o la negación. La cultura de la violación ha sido utilizada para modelar el comportamiento dentro de los grupos sociales, incluidos los casos de violación en las zonas de conflicto donde se utilizan como guerra psicológica. Países enteros han sido también acusados de ser culturas de violación. Y ahora el nuestro la práctica de una forma sutil y velada y todavía tenemos la poca vergüenza de izar la bandera de la libertad.

Ya en los años setenta empezó a acuñarse este concepto, refiriéndose a la cultura de una sociedad en la que lo habitual es normalizar, excusar, tolerar e incluso perdonar la violación y al mismo tiempo culpabilizar a la víctima. Esa cultura que convierte a una mujer violada y humillada, en el centro de una orgía consentida entre cinco chicos y una chica. Como si la presencia física de cinco hombres rodeando a una chica de 18 años, no fuera suficiente motivo para haber catalogado esta situación de intimidatoria.

La cultura de una sociedad en la que lo habitual es normalizar, excusar, tolerar e incluso perdonar la violación y al mismo tiempo culpabilizar a la víctima»

Lo justo para que la pena de cárcel hubiera aumentado casi el doble, los abusos hubieran sido agresión sexual, y la sociedad hubiera aprendido con el mejor ejemplo posible que la justicia hace justicia. Que violar no sale gratis en este país.

Una vez más este sistema perverso, machista y patriarcal nos decepciona. Y es que obliga a las mujeres no sólo a demostrar que han sido violadas, sino que ha ocurrido sin su consentimiento. Si estás aterrada, en shock, en pánico y no eres capaz de pronunciar ‘NO’, no intentes denunciar nada porque es tiempo perdido. Si no hay marcas en tu cuerpo, no te has resistido lo suficiente. Si tu ropa interior lleva un lazo, acabas de firmar tu sentencia de muerte. Que se lo digan a las irlandesas, que también tiene su Manada.

Señores, la cultura de la violación existe. No se resistan más a las evidencias. Es más, les propongo canalizar sus energías contra el movimiento feminista en algo más productivo, como es apostar por un modelo educacional que no ponga el foco en las víctimas sino en los agresores; a entender las relaciones íntimas desde el amor, el consentimiento muto y el respeto a nuestros propios cuerpos y especialmente a los ajenos. Está claro que no todos los hombres son violadores, pero somos responsables como sociedad de educar a hombres y mujeres en planos de igualdad. Todavía no he visto casos de manadas de mujeres que se reúnan para violar a hombres.

Todavía no he visto casos de manadas de mujeres que se reúnan para violar a hombres»

Cada ocho horas violan a una mujer en España. El dato se repite en todo el mundo. Lo hace posible el machismo y el nivel de tolerancia a este tipo de agresiones, como forma en la que los hombres ejercen su poder y su necesidad de control y dominio. Creo que con este dato nos da para reflexionar, si este es el mundo que queremos dejar o al final se llenará de Mafaldas, que pidan a gritos bajar.

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